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martes, 27 de octubre de 2009

MINIMA SEMBLANZA DE JOSE REVUELTAS

Uno de los mejores escritores
de mi generación y uno de los
hombres más puros de México
Octavio Paz
En Bajo el volcán, de Malcolm Lowry,
una novela que José Revueltas leyó
con fervor, se puede leer: “¿Qué era
la vida sino un eterno combate y el paso
por el mundo de un extraño? También la
revolución ruge en la ‘tierra caliente’ del
alma de cada hombre, no hay paz que
deje de pagar pleno tributo al infierno”.
Comienzo citando al gran escritor inglés
porque sus palabras le vienen bien
a Revueltas. El eterno combate del escritor
comienza en noviembre de 1929 a los
quince años de edad –recordemos que Revueltas
nace el 20 de noviembre de 1914
en Durango- cuando lo toman prisionero
en un mitin en el zócalo por primera vez,
acusado de rebelión, sedición y motín, y
lo internan en la correccional, lo liberan
bajo fi anza después de seis meses.
De esta época debe provenir su primera
“acción como comunista, que narra
otro personaje esencial, Benita Galeana,
ella dice que un muchachito, “el
tal Revueltitas” la fue a ver para decirle
que quería ser comunista, Benita Galeana
le pregunta a boca de jarro si está
dispuesto a todo, Revueltas responde
que sí. “Pues nos vamos
a apedrear la Embajada
Americana”. Y el muchachito
y la militante se fueron
a cumplir su primera
acción revolucionaria con
éxito rotundo, no los agarraron.
Así que esto fue
anterior a su reclusión en
la correccional.
Su último encarcelamiento
fue a raíz de su
participación en 1968.
En “El Palacio Negro de
Lecumberri” se pone a
escribir pàginas entrañables:
el texto de su defensa
ante el juez Ferrer
Mc Gregor recientemente
publicada por Raúl Alvarez
Garín; sus textos estremecedores
a propósito
del asalto que sufren los
presos políticos a manos
de los presos comunes,
patrocinados éstos por
las autoridades del Penal,
también son víctimas de
esta acción canallesca los
familiares de los presos
políticos, que ya iban de
salida pero que son encerrados
en la más completa
de las incertidumbres; y
desde luego, coronando
no sólo sus escritos de prisión
sino toda su obra literaria,
escribe El Apando,
una pequeña obra maestra
en la que expone la
cárcel adentro de la cárcel
y sus personajes son sus
miserables que llegan al
apando “el lado moridor”
en uno de sus aspectos más turbios” a
la siniestra celda de castigo, tan tristemente
célebre para los que habitaron
Lecumberri. Así, de manera magistral,
Revueltas, achacoso y enfermo, se despide
de la literatura, pero no deja de tomar
parte en la vida política del país.
Hasta ahora he ofrecido a ustedes algunos
aspectos relevantes de la historia
del escritor al que hoy rendimos homenaje,
pero, ¿cómo intentar una síntesis
omniabarcante? En mi concepto, lo logra,
y de manera admirable, el gran periodista
y escritor José Alvarado (a quien
por cierto las oligarquías neolonesas y el
gobierno no le permiten sino ser un rector
de unos cuantos meses en la universidad
de Nuevo León). He aquí la siguiente
visión sintética del escritor Revueltas:
“La vida de José Revueltas es la más
accidentada de todos los escritores
mexicanos contemporáneos. Conoce la
miseria y, en horas fugaces la opulencia;
pasa adolescente, por las cárceles correccionales,
víctima de la persecución
política y, joven, por toda clase de prisiones,
debido a idénticos motivos, desde
la sucia celda en un poblacho hasta
las más siniestras clausuras de las penitenciarías.
Sufre dos veces confinamiento
en las Islas Marías acusado de subversión.
Habita en barrios miserables y es
huésped en arrabales de hampa y de
vicio. Milita varios años en el Partido
Comunista y es expulsado por sus puntos
de vista. Se le arroja hasta de instituciones
fundadas por él mismo. Viaja por
todo el país en vagones de segunda, a
pie o en ómnibus paupérrimo. En una
estación de ferrocarril le roban la maleta
con el original de su primer libro, El
Quebranto, perdido acaso para siempre,
es proscrito y vilipendiado, recibe ofensas
y humillaciones.
Recorre el mundo,
en parte como pasajero
clandestino, en parte
como escritor aventurero.
Penetra en el
mundo del cine, ofrece
lecciones, pronuncia
discursos, desempeña
humildes tareas burocráticas.
Escribe, escribe,
escribe”.
Revueltas es un
hombre que aún en las
peores circunstancias
siempre tiene a mano
su pluma y unas hojas
para escribir algunas de
las mejores páginas de
la literatura mexicana,
periodismo incluido,
sino el testimonio de
“el paso por el mundo
de un extraño”. ¿Por
qué un extraño? porque
quizá fue el escritor
más ninguneado de
México, el más “extraño
para sus propios colegas.
Esto me lleva de
la mano para explicar
un rasgo sobresaliente
de su personalidad, su
heterodoxia: tanto en
política como en literatura
su posición fue
en cierto sentido la reservada
a los solitarios
que abren caminos defendiéndola
hasta sus
últimas consecuencias.
Cuando el fuego graneado
arrecia, escribe:
“Estoy dispuesto a combatir,
desnudo y sin espada”. Eso explica
que en el año de 1950, cuando publica
Los días terrenales, otros heterodoxos
sean los únicos que defienden su novela,
me refiero a Salvador Novo y a Xavier
Villaurrutia, quienes ven en ella nada
menos que una novela moderna.
¿Quiénes la emprenden contra la novela
y por supuesto contra el autor? Los
ortodoxos, los que no ven sino al proletariado
victorioso guiado por el Partido
Comunista Mexicano y le reprochan
que exhiba las lacras de la sociedad, el
lumpen proletariado. Pero Revueltas se
refiere a los marginales en todas sus formas,
no sólo por ser, como recuerda José
Alvarado, viejos conocidos suyos, sino
porque su malicia literaria, y política, le
indican que en estos seres la sociedad se
mira sin reconocerse en sus formas más
extremas, desesperadas y hasta grotescas;
son seres cuyo desamparo los hace
vivir, como el propio Revueltas, en el filo
de la navaja, siempre dispuestos a morirse
en la raya. Son los hombres del alba de
otro compañero y amigo de Revueltas,
nacido también en 1914, el gran poeta
Efraín Huerta, los hombres del alba, nos
dice, son “los que gritan, aúllan como lobos
/ con las patas heladas.
Los hombres más abandonados, / más
locos, más valientes: / los más puros.
Así, su densidad dramática alcanza
profundidades que acaso no existan
en ningún otro estrato de la sociedad,
al menos no para Revueltas, quien en
este punto no distingue entre literatura
y política, tan es así que estos seres de
los arrabales tienen su némesis, y también
en cierto sentido su espejo, en los
dirigentes políticos comunistas que Revueltas
recrea, lo dijo expresamente, de
la propia realidad. Pero tanto los marginales,
el “lado moridor”, como los de la
dirigencia política resultan convincentes
y expresan momentos esenciales de
la vida de nuestro país.
Pero no nos engañemos, tanto Revueltas
como algunos de sus detractores
sufren con un valor a toda prueba la
represión de Calles y del Maximato. Se
les podrá acusar de las peores inconsistencias,
pero admiran su valor, y esta
admiración es recíproca, porque todos
saben que el enemigo es el esta
do mexicano, al que Revueltas
critica en libros, ensayos
y su propia obra novelística.
Para ejemplifi car el respeto que
a veces iba más allá que el del valor
personal, hallamos al propio Valentín
Campa, quien en Mi testimonio,
dedica un apartado a Revueltas, y
después de mostrar lo que a su juicio
son las luces y las sombras del
escritor, termina diciendo:
“Siempre, aún en las contradicciones
más fuertes, Revueltas
y yo nos mantuvimos en un plano
de admiración y de respeto.
Esto no lo entienden algunos
fariseos de la izquierda. En junio
de 1962, Revueltas me envió a la
prisión un ejemplar de su libro
recién editado, Ensayo sobre un
proletariado sin cabeza, con la siguiente
dedicatoria:
‘Al gran luchador Valentín Campa,
a quien, por encima de diferencias
políticas, consideraré siempre
como un héroe indiscutible de la
clase obrera de nuestro país’.
Es una opinión no merecida,
pero que yo tengo en gran estima,
la transcribo sólo para refutar
a los que nunca entendieron la
estimación y el respeto que hubo
siempre entre Revueltas y yo”.
Si José Revueltas hubiera sido
sólo un escritor, habría pasado
a la posteridad de todas maneras;
como periodista lo fue de los
grandes, ahí está, entre otros reportajes,
“Un sudario negro sobre
el paisaje” que es la visión del Paricutín
cuando hizo erupción, para
ilustrar su grandeza; si hubiera
sido sólo un preso comunista desde
muy jovencito, se le recordaría.
Pero es la unidad, superior a la simple
suma de sus atributos, la que
hace su grandeza y lo convierte en
uno de los personajes más entrañables
de la cultura mexicana.
En una de las cuerdas a las Islas
Marías, Revueltas y sus compañeros
se encuentran con que
un grupo de mujeres sinarquistas
caminan junto a ellos y sufrirán
el mismo destino. No podían
existir visiones más opuestas, ni
ideas más alejadas, sin embargo
se establece de inmediato la solidaridad
más intensa: la que nace
de personas que, por encima de
todo, son seres humanos compartiendo
injusticias.
José Revueltas muere el 14 de
abril de 1976 y su entierro fue digno
de él, tumultuario y con broncas,
pues resulta que el presidente
Echeverría no fue capaz de
pagar los gastos del Hospital de
Nutrición, donde nuestro escritor
fallece. Pero si fue capaz de enviar
emisarios al entierro a los que corrió
con un rostro de entre profeta
bíblico y guerrillero remontado,
Martín Dosal Jottar, compañero
de celda de Revueltas.
Si el escritor hubiera podido
contemplar la escena quizá hubiera
dicho: “Tenía razón el hermano
mayor Lowry: “¿Qué era la
vida sino un eterno combate y el
paso por el mundo de un extraño?
Y hubiera… ¿Qué hubiera hecho?
Se hubiera quedado hasta el final
para dar testimonio, y por escrito.
México, D. F., a 10
de noviembre de 2008.
Publicado en El correo del sur, La Jornada el 15 de febrero de 2009

jueves, 8 de octubre de 2009

Revueltas y el alcohol

Por Roberto Escudero
En un texto apasionado y entrañable, que lleva por título "Apuntes para una semblanza de Silvestre", escrito como introducción a un pequeño volumen: Cartas íntimas y escritos de Silvestre Revueltas (SEP, 1966), el escritor José Revueltas narra una visión intempestiva a su hermano Silvestre quien ensayaba en el foro de Bellas Artes. Mientras lo contemplaba de frente, sin que el gran músico se haya percatado de su presencia, José Revueltas hacia una serie de reflexiones muy emocionadas sobre su hermano. Termina el ensayo y al encontrarse ambos, José, quien entonces tenía forzosamente menos de 26 años, puesto que él nace en diciembre de 1914 y su hermano Silvestre muere en octubre de 1940, entrega al músico un breve artículo, éste lo lee y hace comentarios más o menos ambiguos al respecto. Lo acontecido después es narrado por el propio José:
“En aquella ocasión, después de esto, había guardado un largo silencio incómodo, en que parecía librar una lucha entre sus deseos de decirme algo más y la resistencia que encontraba para decírmelo. `Bueno –añadió por fin con esfuerzo-, espero que cuando menos no bebas’.
“Ponía de relieve la preocupación que más lo inquietaba: no beber, apartarse- y apartar a los demás- de esa maldición que tan cruelmente se le había impuesto. Trataba de indagar que respecto a mí, con una especie de angustia y una cierta vergüenza intranquila, la vergüenza filial del padre que aborda un asunto espinoso ante su hijo. ¿O es qué tú también bebes? (Subrayado de José Revueltas), terminó por preguntarme con mucho trabajo, aunque más bien en un tono afirmativo. En seguida hizo con las manos un vivo movimiento para indicar que no le contestara. No dije una palabra” (Páginas 16 y 17). El relieve que adquieren las palabras del músico, o mejor dicho, los tres relieves que son, a mi juicio, suposición y su interpretación ante y del alcoholismo, consisten en, por un lado, la dificultad de hablar sobre el tema, que se expresa con claridad en el primer párrafo transcrito; por otro lado, está el hecho ciertamente fatal de que el alcoholismo no es una elección producto o constitutiva de la libertad, sino más bien una condena, algo de lo que difícilmente la víctima puede escapar, y sin embargo ese sería el tercer relieve, quiere no beber, ese sería su mayor logro si es que se ofrecieran las condiciones para dejar de beber. Así se desprenden estos otros aspectos del segundo párrafo.
Por lo que otorga a la escena y a las palabras de Silvestre Revueltas –un alcohólico aún más consumado que José, si es que esto puede decirse-, toda su densidad dramática, derivada de su intensidad vital, es que está hablando ni más ni menos, “maldición”, no con un hijo de vecino, sino con su propio hermana, al que lo ligaba un amor verdaderamente entrañable.
Uno de mis recuerdos más nítidos de José Revueltas, es precisamente el hecho de que de ningún ser humano hablaba con tanta emoción, con tanta vehemencia-ni siquiera de sus padres-, como de su hermano Silvestre.
¿Pero cuál es la relación del propio José Revueltas con el alcohol?. La respuesta sigue estando, si nos atenemos a una información puramente libresca, en la semblanza a la que estamos haciendo alusión, porque las palabras de Silvestre son una por una, letra por letra, compartidas por su hermano, quien hasta ahora es, al mismo tiempo, el destinatario de las mismas.
Pero la concepción y la compresión del propio José Revueltas, va más allá de lo hasta ahora explicado, nuestro novelista se explaya en agudas observaciones a propósito del genio de Silvestre su hermano, al que también debe aceptar como una condena sin remisión posible, y se detiene en explicación de algunas de las características más destacadas de la música de su hermano, en las que desde luego no podemos detenernos aquí, pero subsiste el hecho atroz de que Silvestre pagará muy caro su genio, entre otras cosas con la cadena perpetua –no querida en verdad, como ya vimos- del alcoholismo, sin embargo José sabe que debido a esta decepción y este análisis les van a caer a palos a ambos:
“Ya me parece oír la voz de los fariseos señalando con su índice de fuego, de fuego artificial y fatuo: ‘Todo eso no es sino para justificar los vicios de Silvestre. ¿De qué le servía su genio si bebía, si era un borracho que frustraba su vida y su obra hundiéndose en el alcohol? ¡Mírenlo ahí en las tabernas, con el espíritu roto! ¡Mírenlo por las calles, grotesco y risible como un rey de…!’”
Pero la posición de José Revueltas ante el alcohol es mucho más contradictoria y profunda de lo que se ha dicho hasta aquí. Y reviste el enorme valor de ser la posición de un hombre alcohólico, de un hombre que muy seguido se “ilusionaba” (así platicó Revueltas que sus hermanas le comunicaban que Silvestre o el pintor Fermín andaban bebiendo: Silvestre (o Fermín, o ambos) ya anda “ilusionado”).
Además del hecho de que José Revueltas jamás hubiera tomado ante el alcohol una actitud puritana, como si el alcohol (o el alcohólico) fuera la presencia misma del diablo, existe una realidad, creo yo, absolutamente verificable, no todo en la vida del alcohólico es desgracia, sumisión o condena ante el licor, éste también es uno como dispositivo que tensa las potencias creadoras del hombre. Fernando Savater (Ética como amor propio, Conaculta, 1991, P.288) explica muy bien cómo las drogas, y entre ellas el alcohol, ocupan un lugar muy destacado, por su puesto, implican este aspecto, que generalmente evaden las buenas conciencias: “Es decir, que no se habla de lo realmente importante en la cuestión de las drogas: sus posibilidades como fuente de placer o derivativa del dolor, como estimuladoras de la introspección y del conocimiento, en una palabra, sus aspectos de auxiliares válidos para la vida humana, en cuyo concepto han sido consumidas durante milenios, son consumidas hoy y lo seguirán siendo” . (subrayado del autor)
El problema consiste en que muchos seres humanos, no sé por qué y no creo que nadie lo sepa, pagan un tributo demasiado caro por esa providencia creadora que el alcohol les proporciona, y en última instancia ese tributo es la propia vida, así de sencillo y de terrible se presenta el problema. Pero antes de la muerte, la víctima propiciatoria sufre una serie de padecimientos y transtornos morales, mentales y emocionales que ya nada tienen que ver con la creación, ni con el conocimiento, ni con la revelación religiosa, sino más bien con una suerte de malestar desnudo que inhibe a la víctima para otra cosa que no sea seguir ingiriendo alcohol, ese es su único objetivo y su único destino, es un recurso que anula cualquier otro, y creo que José Revueltas es un ejemplo vivo[1], de lo que estoy diciendo, por eso se abstenía de beber cuando escribía tan compulsivamente como cuando se daba al alcohol, porque cuando esto último ocurría, era como si su tortura también se convirtiera en una acusación viva a todos los indignados virtuosos. Así, lo que José Revueltas escribe de su hermano Silvestre, es al mismo tiempo lo que escribe de sí mismo y también su concepción de las relaciones entre el alcohol y el arte.
“Había escogido el camino de la autodevoración, de la autofagia torturante y sin embargo providente, sin embargo desgarradoramente fecunda. Hay algo de muy humilde y bárbaro, de indeciblemente humilde y acusador, en el alcohol de Verlaine, en el alcohol de Silvestre, en el de Mussorgspy, en el de Whitman, en el santo, criminal alcohol de todos los hombres solitarios, que es como si acabáramos de recibir una bofetada en pleno rostro”. (Ibid, p.37).
Por supuesto, no sólo los artistas encarnan su propia tragedia, sino cualquiera de esos seres humanos que han “escogido” ese camino; en el mundo literario de Revueltas abundan los seres colocados en situaciones límite, seres que parecen tener como único destino la desgarrada opción…” entre el dolor y la nada”, pero ahora quiero referirme a un personaje pequeño, mediocre, un oficinista del montón que lleva el nombre de Martínez, y que es el obsesivo protagonista del cuento El abismo (de Dios en la Tierra, ed Era, 1979, pp.121-127), al que sus compañeros y el resto de los y las oficinistas le juegan una broma, la de que ha asesinado a un hombre en perfecto estado de ebriedad. Revueltas describe a Martínez y a su triste condición humana, y al mismo tiempo, a la específica condición del alcohólico, con todo el lirismo y el dramatismo de que es capaz su maestría literaria:
“Mas el destino (subrayado de Revueltas) estaba allá abajo, implacable, llamándolo. Se cuenta de los criminales que a merced a una crudelísima ley de la naturaleza, vuelven al lugar del crimen. Así el hombre torna incesantemente sobre las regiones más odiadas y repulsivas de su propio espíritu. Este es el sufrimiento impuesto a Prometeo: el sufrimiento vivo, de carne despellejada e indudable. Volvía, regresaba, miraba su propio abismo y tormento. Era el doloroso, el humanísimamente humano placer de la autotortura y la autonegación: necesidad de ser humillado, de ser escupido y despreciado, por toda la bajeza y la ruindad que sordamente tenía acumulada en su alma. Era la única redención posible, la única manera de pagar todas sus culpas. Lo haría a través de un vehículo contradictorio, trste y decorazonador, el alcohol” (pág. 122 y 123).
Mussorgspy o Martínez, tanto el que sea un genio musical o un gris oficinista, hay un elemento común en la situación contradictoria de ambos, y es una contradicción que sólo puede resolverse vía la consumación definitiva del ser humano que la soporta. Así fue el alcoholismo de José Revueltas y así se resolvió: uno de los hombres más imprescindibles para la cultura mexicana de nuestro siglo, cerró su ciclo hace veinte años pagando con su vida, después de sus últimos tragos, una obra literaria y personal de primer orden, entre otras cosas, por lo que contiene de desgarrada y vital; o dicho en otras palabras, de lucidez sombría, de contradicción intensa y por eso mismo absolutamente estimulante.


[1] Que exede a la información escueta y libresca de que antes disponíamos.